EL ADOBERO RADIO

22 de enero de 2016

ARTE Y SANGRE, LA TAUROMAQUIA UNA POLÉMICA. (Primera parte)


En el inicio de este siglo XXI, cuando todo es sujeto de juicio y se pone en la palestra de la crítica social la vigencia de muchas costumbres, la denominada fiesta brava o tauromaquia es objeto de una evaluación moral.

Muchas opiniones en contrario y las correspondientes respuestas al sustento de estas opiniones, pero...

 
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¿QUÉ ES LA FIESTA BRAVA?

La Real Academia Española en su diccionario define a la tauromaquia como “el arte de lidiar toros”.

Una tradición milenaria, desde los griegos en la leyenda del Minotauro, la isla de Creta y la sangre convertida en arte.


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El minotauro, el monstruo resultado de la unión bestial entre la reina Pasifae y el toro de Creta, los jóvenes ofrendados a la bestia, 7 doncellas y 7 varones,  para su regocijo y alimento, 14 en forma anual, hasta el rescate por el héroe ateniense Teseo el cual  sacrificó a la bestia y logró la liberación de su pueblo de esta esclavitud. Tal vez Teseo sea el primer matador de la historia.

Pasando a los espectáculos en el circo romano con los “uros”, antecesores del toro bravo, que se arrojaban a la arena para que los nobles mostraran sus dotes de cazadores, capturándolos y dándoles muerte en la arena.

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Posteriormente se utilizaron para sacrificar a los cristianos arrojando manadas de estos uros durante las ejecuciones públicas.

Como espectáculo data del siglo XII, cuando en la edad media se inicia la práctica taurina del lanceo de toros que se presentaba en las plazas públicas como parte de las fiestas por las victorias en las guerras y en las fiestas patronales religiosas.

 
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En el siglo XVI esta fiesta callejera evoluciona hacia los encierros de varas, antecesora de las actuales corridas de rejones, en los que la realeza lucía sus habilidades.

En esta época estos nobles empiezan a utilizar a su servidumbre para distraer al toro mientras cambiaban de caballo. Aparecen los picadores para que los nobles se den el lujo de matar al toro a lomo de caballo. Los peones arrimaban el toro al picador, iniciando así la faena de capote con el valor estético que lo convierte en arte.


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Cuando la nobleza española abandona el toreo a caballo, la plebe lo empieza a hacer a pie y los profesionales de la conducción de ganado bravo y los matarifes aportaron la creatividad y el virtuosismo a las tareas más peligrosas, con gran valor y destreza, las cuales inmediatamente fueron del interés de los espectadores.

Empiezan a surgir nombres entre los toreros de a pie que por su estilo y valor, además por ser parte del mismo pueblo y no de la nobleza, ganaron la simpatía de las masa y empezaron a ser solicitados para presentarse como evento principal.

Por otro lado, la tauromaquia incluye un especial conocimiento de los toros de lidia y su crianza, además de un arte en la confección de la vestimenta del matador y los actores principales dentro del espectáculo.

En la época actual, una corrida de toros se desarrolla en tres partes, llamadas tercios:


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El primer tercio, el inicio de la lidia por el matador, que con su capote da los primeros pases y el picador con su caballo protegido por un peto y utilizando una vara con una puya asienta la bravura del toro y lo prepara para los siguientes tercios.

 
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El segundo tercio, protagonizado por los banderilleros, quienes en auxilio del matador, bregan al toro y lo adornan colocándole tres pares de banderillas.

 
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Y el último y más importante, el tercer tercio, la muerte del toro, en el que el torero lidia al toro armado de una muleta y una falsa espada, de madera o aluminio, cuaja su faena mostrando el arte de que es capaz en una convivencia y lucha íntima con el toro. Culmina su faena con la muerte del toro, suerte que, si es correcta, culmina los trabajos previos y el arte desarrollado con los trofeos que otorgue la autoridad

MI FIESTA

Quiero compartir con ustedes que mi gusto por la fiesta brava no viene de ser un gran aficionado sino, en gran parte, por la herencia de mi madre.

Mi mamá, originaria de Puruándiro, Michoacán, un pueblo cercano a la laguna de Cuitzeo, zona agrícola, de gente sencilla.

 
Mi Madre,                       El Adobero

Ramoncita, era cuarta hija de una familia de siete hermanas, ningún varón. Mi abuelo, gente recia dedicada a la crianza y matadero de ganado. Como no tuvo hijo varón, era auxiliado en las tareas por sus hijas. Una de ellas, mi madre.

Desde niña montaba a caballo y sacaba el ganado a pastorear y lo regresaba por la tarde a los corrales. Mas grandecita, ayudaba a su padre en la matanza de reses, puercos, chivos y pollos. Ella sola era capaz de matar a un toro de más de 400 kilos con certero descabelle.

Se enamora y contrae matrimonio con Leopoldo, músico y maestro, con el que cría una familia de siete hermanos, en paradoja con la familia de mi madre.

Desde niño, por allá de los años 1963 a 1966 teníamos por costumbre sentarnos a ver las corridas de toros de la Plaza México por la televisión en blanco y negro.

Recuerdo los pasos doble que mi padre tocaba en el piano: Silverio, Novillero, Valencia, Granada y otros durante la comida del domingo, previo la convivencia familiar para ver la corrida correspondiente.


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Escuchaba las hazañas, que con pasión comentaban mis padres, de Manolete, Silverio Pérez, Luis Castro El Soldado y otros.

 
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En la transmisión: Paco Malgesto y el Maestro Pepe Alameda, maestros de la dicción y la narrativa de la fiesta. Solo escucharlos ya era de por sí un arte.

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De niño recuerdo a toreros como Paco Camino, Manuel Benítez “El Cordobés”, Joselito Huerta, el rejoneador Gastón Santos, Fermín Espinoza Armillita Chico, mi maestro y paisano: el padre Luis Calderón en Morelia, Michoacán.

Venir a estudiar y posteriormente a hacer mi vida en Querétaro, favoreció mi gusto y disfrute de la fiesta brava.

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Matadores de mis recuerdos: Paco Camino, Manolo Martínez, Curro Rivera, Eloy Cavazos, Miguel Espinoza Armillita, Jorge Gutiérrez, Julián López El Juli, Enrique Ponce, Rodolfo Rodríguez El Pana, Jorge de Jesús El Glison, obviamente: Octavio García El Payo, Joselito Adame y muchos otros más.


EMPIEZA LA FIESTA

No soy de gusto refinado ni maestro en la crítica taurina. Solamente soy un aficionado que disfruta de las tardes de toros, aunque muchas veces no sean buenos los toros, ni tampoco los toreros.

Disertar acerca de si la fiesta de los toros es un arte o una expresión artística me parece de un alto nivel y no es mi intención ni tengo la capacidad para ello.

Sin embargo, trataré en describir las emociones que trasmiten diferentes suertes o eventos que conlleva la fiesta.

Inicia desde el anuncio de un encierro, conociendo la fecha, la plaza, la ganadería, los matadores… los precios. Se siente la emoción y la ilusión de que puede ser una buena corrida.

 
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Los anuncios y la boletería, son una obra de arte, generalmente con remembranzas plásticas de buenos pases o hazañas de toreros o eventos pasados.
  
El ambiente y el ánimo entre los aficionados preceden a la fecha de la corrida. Todos se preparan para ese día; generalmente en la tarde. Las damas con sus atractivos atuendos que resaltan su belleza, algunos caballeros, ataviados muchos a la usanza española con sus boinas y botas de montar, fumando apestosos puros; a muchos de ellos se les llama villa melones porque realmente no son aficionados a la tarde de toros sino que a lo que aspiran, es a lucirse en medio del tendido de la plaza y generalmente acaban haciendo el ridículo por su petulancia. Y otros, la gran mayoría, simplemente gente del pueblo, auténticos aficionados.

 
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El desfile, previo al inicio de la corrida de toros, de señoritas, damas, caballeros y en general de todo el público forma parte del espectáculo.

Los gritos y chiflidos que emiten las porras, los aficionados y uno que otro borrachín exponiendo su florido repertorio de albures, desde los tendidos y las gradas generales de sol y sombra, van calentando poco a poco el ambiente.

Por ahí entre los vanos que dejan las puertas de toriles y de matadores se empiezan a vislumbrar los personajes y actores de la fiesta, matadores, banderilleros, picadores, mozos y peones, mostrando el nerviosismo previo a un espectáculo en el que se combina el arte con el peligro.

En el callejón entre el rondel y la tribuna, se va llenado de múltiples personajes: empresarios y representantes de los toreros, reporteros gráficos con sus instrumentos, locutores de radio y algunas veces de televisión, ayudantes de los toreros, uno que otro influyente colado que ni idea tiene de donde está metido; hasta parejas de enamorados a los que lo único que les interesa no es precisamente la lidia de los toros.

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En las gradas de abajo, cerca del redondel, los potentados y poderosos, en las barreras de las primeras filas. De acuerdo al nivel de la barrera, es el nivel social y económico de los personajes. Por ahí uno que otro político, al que seguramente le regalaron los boletos, luciéndose y mostrándose para que los parroquianos lo saluden y le hagan caravanas, soportando más de una remembranza familiar de los tendidos; son aficionados de trienio o sexenio, que cuando terminan su periodo de poder, no se les vuelve a ver en la fiesta.

Muchos trasnochados, con el sufrimiento de la penitencia de una noche de fiesta y sueños, presumiendo todavía las damiselas resultado de la conquista nocturna, que lucen su mercancía para el enganche de algún parroquiano perdido después de la corrida.

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En algún lugar de la plaza empiezan a sonar los pasos dobles ejecutados con maestría por la banda de música del lugar, dirigida por algún maestro que aprovecha su arte musical para también disfrutar de la tarde toros. Los músicos tienen también que preparase con las piezas que emocionan a los toreros para, en caso de merecerlo, premiarlos con piezas de su gusto y motivarlos a entregar su arte y maestría con generosidad.

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En un palco especial, la autoridad. El juez con su asesor, generalmente nombrados por la municipalidad, gente conocedora de la fiesta y sus reglamentos; y los músicos que trasmitirán sus órdenes a la plaza mediante diferentes toques de los timbales y los clarines, según sea el caso.

El alboroto va subiendo de tono y de intensidad conforme se acerca el momento del inicio de la corrida. La banda de música va entremezclando música española con los más típicos corridos mexicanos, sobre todo el de la ciudad o estado donde se lleve a cabo la corrida o el del lugar de nacimiento del matador en turno. Van cesando poco a poco los duelos de albures entre las porras…

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Se abre la puerta de picadores, suenan los clarines y se inicia el desfile de los alternantes y sus cuadrillas, ataviados con ricos y espléndidos trajes de luces, generalmente los matadores y banderilleros luciendo esbeltas figuras, en contraste con los picadores, generalmente gente pesada apta para soportar el papel que les toca en suerte.

Los aficionados desahogan sus nervios aplaudiendo a sus favoritos y chiflando a los malos de siempre, los picadores.

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Los matadores salen al ruedo a saludar al respetable a invitación de unos a otros. La plaza se llena de aplausos y el público se frota las manos pidiendo al cielo su venia para una buena tarde de toros.

A punto de iniciar la fiesta, el juez de plaza ordena el toque de clarín para iniciar la fiesta, los villa melones siguen de pie luciendo sus miserias, las damas saludando a diestra, siniestra, al frente y soñando con que todo mundo les admira por lo otro.

 
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Se hace un gran silencio cuando se va a abrir la puerta de toriles…


Continuará…


"PENSAMIENTO POSITIVO"

1 comentario:

  1. ¡Muy sorprendente ésta crónica! Te diré amigo Pío X, que ese mismo ejercicio de describir los juegos americanos novohispanos lo realizó en verso castellano nuestro paisano Federico Escobedo Tinoco.
    Algo de común hay entre paisanos aunque lo haya compuesto en 1925, y tú en 2016, 90 años y el tema sigue.
    Felicidades, espero poder saludarte por acá el 2 de febrero.

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